«No hay mayor pobreza que no poder amar» XXXI Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo B)

El amor es la esencia de la fe, el amor de Dios nos recuerda que no se puede amar a Dios sin amar al prójimo, y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios. El amor de Dios y el amor por el prójimo son inseparables y complementarios, son dos caras de una misma medalla. Amar a Dios es vivir de Él y para Él, por aquello que Él es y por lo que Él hace.

Porque lo que realmente nos une a Dios es una relación de amor. Y el amor de Dios es infinito. Y tener parte en este amor significa amar y darse hasta el sacrificio. Por esto, no se trata tanto de lo que hacemos como del amor con que lo hacemos, con que nos entregamos. Por esto, la gente que no sabe ni dar ni recibir amor son, aunque tengan muchas riquezas, las personas más pobres de los pobres. Porque no hay mayor pobreza que no poder amar.

Seamos ese reflejo del amor de Dios para los demás sin preselecciones a quién amamos, sino vaciándonos totalmente como Cristo lo hace por nosotros.

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