«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas» XX Domingo del Tiempo Ordinario

Una de las causas más profundas de sufrimiento para un creyente son las oraciones no escuchadas. Hemos rezado por algo durante semanas, meses y quizá años. Pero nada. Dios parecía sordo. La mujer Cananea se presenta siempre como maestra de perseverancia y oración. El aparente distanciamiento de Jesús no desanima a aquella madre, que insiste; con una fuerza interior por la confianza en Jesús, que ayuda a superar cualquier dificultad. Y ese amor a su hija es lo que mueve a la fe y la fe, por su parte, se convierte en el premio del amor.

Esta humilde mujer es indicada por Jesús como ejemplo de fe inquebrantable. Que nos invita a crecer en confianza en Jesús. Porque sólo El puede ayudarnos a encontrar la vía cuando hemos perdido la brújula de nuestro camino; cuando el camino no parece ya plano sino áspero y arduo; cuando es fatigoso ser fieles con nuestros compromisos. Por eso, es importante alimentar cada día nuestra fe, con la escucha atenta de la Palabra de Dios, con la celebración de los Sacramentos, con la oración personal como «grito» hacia Él —«Señor, ayúdame»—, y con la caridad hacia el prójimo.

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