«Invitados a la boda» (XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A)

El Señor desea «celebrar las bodas» con cada uno de nosotros. Las bodas inauguran la comunión de toda la vida: esto es lo que Dios desea realizar con cada uno de nosotros. El Señor nos desea, nos busca y nos invita. Porque la vida cristiana, es una historia de amor con Dios donde el Señor toma la iniciativa gratuitamente y donde ninguno de nosotros puede vanagloriarse de tener la invitación en exclusiva; ninguno es un privilegiado con respecto de los demás, pero cada uno es un privilegiado ante Dios.

Pero el Evangelio nos pone en guardia: la invitación puede ser rechazada. Muchos invitados respondieron que no, porque estaban sometidos a sus propios intereses. Una palabra se repite: sus; es la clave para comprender el motivo del rechazo. Frente a los «no» Dios no da un portazo, sino que incluye aún a más personas. Dios, frente a las injusticias sufridas, responde con un amor más grande. Porque así actúa el amor; porque sólo así se vence el mal.

Y recordemos que el vestido de los invitados es indispensable. Se necesita vestir un hábito, se necesita el hábito de vivir el amor cada día. Pidamos la gracia de elegir y llevar cada día este vestido, y de mantenerlo limpio.

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