«Bienaventurados aquellos criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela» (Domingo XIX del Tiempo Ordinario)

Empieza el evangelio invitándonos  a poner todo nuestro corazón y nuestras esperanzas en las cosas del cielo, no en las de la tierra, pues «donde está nuestro tesoro, allí estará también nuestro corazón». E inmediatamente después viene la recomendación a la vigilancia.

Que van ambos momentos muy relacionados, porque no es una vigilancia desde del miedo, el temor ante lo inesperado o la llegada del Señor y nos vaya “pillar”. Sino es una vigilancia, un estar en vela que parte de reconocer nuestra propia fragilidad, de ser conscientes que no podemos bajar la guardia, ni el esfuerzo a la hora de amar, de ser fieles a la tarea que el Señor nos ha encomendado.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.