«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser.» (XXX Domingo del Tiempo Ordinario)

El amor es el compendio de toda la Ley divina. Un amor que se manifiesta a los demás:

Con todo el corazón: porque el amor brota de Jesucristo, porque si no lo reduciremos meramente a un sentimiento. Y lo que tenemos que pedir al Señor es que nos contagie su amor.

Con toda la mente: tu forma de discurrir, de pensar, que nos ayuda a superar los miedos, los rencores, las heridas que nuestro modo de razonar la vida, las situaciones sea el de Dios.

Con toda el alma: que ese amor empape nuestra vida, ese amor nos seduzca y descubramos que merece la pena llenarse de Dios. Uno descubre que está llamado a ser ese regalo de amor de Dios a los demás. Y ese amor se da al otro.

El prójimo: El amor da alegría. Si se trata del amor de Dios, la alegría es plena. El amor de Dios es totalmente incondicional. Nos lleva verdaderamente a los demás. Todo ello brota del altar de Dios, del encuentro con Él en la eucaristía y en la oración diaria. «Enséñame tu modo de amar»

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