«Rema mar adentro, y echad vuestras redes para la pesca» V Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo C)

El evangelio comienza con unos pescadores sobre la orilla del mar de Galilea, los cuales, después de una noche de trabajo sin pescar nada, están lavando y organizando las redes. Cansados, fatigados, ya de recogida y de repente Jesús pide subirse a la barca. Hay que dejarle que se suba a la barca de nuestra vida. Cuando le dejamos subirse a la barca, no nos quedamos en la orilla con nuestra tristeza y fatiga. Escuchamos su palabra y por su palabra remamos mar adentro. Es la respuesta de la fe, que nosotros también estamos llamados a dar. Es la actitud de disponibilidad que el Señor pide a todos sus discípulos.

Y la obediencia confiada de Pedro produce un resultado prodigioso. Se trata de una pesca milagrosa cuando nos ponemos generosamente a su servicio, Él realiza grandes cosas en nosotros. Cuando viene el éxito la reacción de Pedro es: «Señor, aléjate de mí, porque soy un pecador». No se engrandece, sino que sabe quien es el autor del milagro, es la humildad. Y entonces es enviado, somos enviados a remar cada día a dentro.

Así actúa con cada uno de nosotros: nos pide que lo acojamos en la barca de nuestra vida, que comencemos de nuevo con él y surcar un nuevo mar, que se revela lleno de sorpresas. Confiemos en su Palabra y no nos quedemos en las orillas sino que lancémonos a esta travesía de ser Buena Noticia de Dios.

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