«Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen» (VII domingo del Tiempo ordinario)

«…Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial que hace salir su sol sobre malos y buenos…»

«A quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos…»

Cómo debemos obrar con quienes nos persiguen, nos hieren, no nos comprenden y hasta incluso nos odian? ¿Qué debe hacer un cristiano? La respuesta de Jesús es clara. Sus afirmaciones en el Evangelio de hoy apenas necesitan comentarios.

Pero, lo que Jesús pide ¿es realmente practicable, hoy, ahora, en este mundo, en este tiempo, con todas nuestras circunstancias ¿No es un simple ideal, una utopía permanente? ¿No será acaso que Jesús pide mucho para que hagamos por lo menos algo?

No… Estas posturas son inadmisibles. Dios no sería nuestro Padre si nos mandase cosas que no están a nuestro alcance. La respuesta es fundamental, porque en ella se verá si hemos comprendido y en qué medida el dinamismo del Evangelio. Para ser perfectos como el Padre Celestial no debemos sumar actos aislados, sino asumir una actitud que debe inspirar todos nuestros actos, y hacerse presente en todos ellos. Se trata de un Espíritu nuevo: es el Espíritu Santo, con todos sus dones y su fuerza, que Dios derrama en el corazón de cada persona.

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