Si Cristo está en el centro, no tengo miedo a la dificultad a la cruz. Porque aprendo a vivir sostenido en Él, sea cuál se la circunstancia en la que me encuentro. Si vivo preocupado solamente en mis cosas, lógicamente, la dificultad me roba la alegría, y la paz. Y para que Dios sea quien me conforte, nos tenemos que preguntar cuáles son los obstáculos que pongo a Dios en mi camino, para no aceptar su invitación. Porque nos está llamando a sentarnos a su mesa, para que Él nos sirva. En la misma mesa del Señor.
Pongamos nuestros obstáculos, justificaciones que nos hacen decir que no puedo o dilatar la respuesta, para pedirle al Señor, que nos muestre el gozo de sentarnos a la mesa, de participar de los manjares del reino de Dios, que no indigestan, sino que llenan de paz y alegría. Pero el Señor nos recuerda que no vale solamente con ese sí, sino que hay que vestirse el traje de fiesta. Y ese traje viene por un compromiso, no de medias tintas, sino un compromiso coherente a la vida que Dios nos propone, algo real, serio, que exige conversión, pero que nos libera el corazón. Es el traje del perdón, de la misericordia, de la cercanía, de la Buena Noticia que tenemos que sembrar con los demás. Y así todo lo podremos en aquel que me conforta.
Que este domingo sea una oportunidad para pedirle a Dios que, poniéndolo a Él en el centro, seamos capaces de superar los obstáculos, para que, confortándonos en el Señor, vistamos su traje del Reino de Dios.