Nuestra vida es para el Señor, con Él y para Él. Ponerle a Él en el centro, saber cuál tiene que ser el motor de nuestra vida. Solamente así descubriremos el verdadero sentido de quienes somos. Y que la misericordia sea la raíz de nuestros comportamientos. Pedro le pregunta, ¿hasta dónde llega el perdón? Y el Señor le responde que siempre, porque el amor no se cuantifica, el perdón no se mide, la entrega no se pondera, el servicio no se calcula, simplemente se da, y se da siempre. Porque como empecemos con los cálculos, empezamos a negociar y cuando empezamos a negociar, cae la gratuidad y la definitividad.
¿Cómo alcanzar esta dimensión del perdón? La oración, es el arranque, porque nos muestra como Dios nos perdona. Entonces, uno descubre que no puede negar a los demás lo que Dios no me ha negado. Entonces el perdón pasa de un tema de sentimientos, a un tema de voluntad. De querer perdonar, de no dejarme llevar por otras emociones o sentimientos.
Os invito a qué hoy agradezcamos ese perdón continuo de Dios en nuestra vida. Y desde ahí pedirle al Señor que seamos como ese corazón misericordioso. Lleno de ternura y de perdón, que no dejemos que las heridas de nuestra vida se infecten y nos envenene, sino que le pongamos el apósito de su amor y misericordia, para así elegir siempre amar, elegir siempre perdonar, elegir siempre la misericordia.