«Las Bienaventuranzas» IV Domingo del Tiempo Ordinario (ciclo a, 2026)

Este domingo, comenzamos el Sermón del Monte con la mirada de Dios sobre la realidad, porque son el programa de vida de Dios para nosotros, para que descubramos lo verdaderamente importante. Porque muchas veces, nos damos cuenta que gastamos la vida en cosas, realidades que no nos llenan. Y el escuchar las bienaventuranzas es escuchar los pilares básicos de nuestro vivir la fe, cuatro pilares:

Bienaventurados los pobres; la vida se ilumina no porque seamos ricos, éxitos o poderosos. Se ilumina cuando uno descubre que Dios me ha llamado, tengo una vocación, tengo una misión, mi vida sirve para algo más grande que yo mismo. Somos bienaventurados, para ser bienaventuranza de Dios para los demás. El Señor nos llama a un estilo de vida evangélico de sobriedad, a no dejarnos llevar por la cultura del consumo. Se trata de buscar lo esencial, de aprender a despojarse de tantas cosas superfluas que nos ahogan. Pongamos a Jesús en primer lugar.  

Bienaventurados los mansos; esa pobreza nos lleva a un corazón manso. La mansedumbre se manifiesta en los momentos de conflicto, se puede ver por la forma en que se reacciona a una situación hostil. El manso no es una persona complaciente. Las personas mansas son personas misericordiosas, fraternas, confiadas y personas con esperanza.

Bienaventurados los misericordiosos; allí donde el hombre destruye, Dios vuelve a crear. El perdón no solo absuelve: re-crea. De ahí que la misericordia de Dios sea siempre fuente de esperanza. El creyente no se define por sus caídas, sino por el amor que lo levanta. Y así salimos cada día a re-crear el mundo que Dios nos ha entregado. 

Bienaventurados los que trabajan por la paz; y ese mundo se recrea trabando por la paz. Que es un don y una llamada.  Y el compromiso y el amor por la paz no conocen el miedo ante las aparentes derrotas, no se dejan doblegar por las decepciones, sino que saben ver más allá, acogiendo y abrazando con esperanza todas las realidades. Y es atrever a estar ahí, a quedarse, donde hace falta incluso cuando ello supone un sacrificio. 

Hoy se nos recuerda la llamada a ser bienaventuranza de Dios para los demás, no lo olvidemos Dios, nos ha hecho bienaventurados.

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